A modo de prólogo

Dioses conyugales, y tú Lucina, guardiana del lecho nupcial, que me enseñaste a Tifis a frenar la nueva nave que habría que domar marinas; y tú, duro señor del mar de fondo, Titán, que repartes el claro día del orbe...

La voz de Margarita Xirgu/Medea rompió el silencio secular de este teatro. El eco de su voz grave rodeó las columnas que se erguían en la escena y en el peristilo. Era el atardecer del 18 de junio de 1933, Mérida retomó el latir de su historia, Mérida comenzó en esa velada a recuperar su pretérito esplendor a través de las representaciones.

Días después, Miguel de Unamuno escribía en el diario Ahora de Madrid: “El Teatro de Mérida, a cielo abierto de España, ha sido desenterrado- ¡tanta tradición hispano-ro- mana por desenterrar!...- gracias sobre todo, al benemérito Mélida, y hoy, al sol, nos habla de un secular pasado de grandeza. Todo lo que se hizo durar para siempre vuelve a ser restaurado, de una o de otra manera; sólo perecen las ruinas que se construyeron como tales, queriendo o sin quererlo...”.

Porque este teatro está radicado en Mérida, en la Colonia Augusta Emerita que fundara el emperador Octavio Augusto, en el 25 a.C., para ser solaz de los soldados eméritos de las Guerras Cántabras.

Desde aquellos tiempos que se anclan en la historia, esta ciudad fue una de las urbes más importantes del Imperio Romano, de hecho fue la capital de la provincia Lusitania y posteriormente de la dioecisis Hispaniarum. Así se refleja en la obra de poetas de la época, Ausonio en el siglo IV d.C. se refería a Augusta Emerita como la novena población más destacada de todo el Imperio, situándola por delante de Siracusa o la mismísima Atenas.

Esta relevancia la dotó de destacadas construcciones de bella factura arquitectónica y de una gran infraestructura de ingeniería hidráulica. Este esplendor se reflejó dos milenios después con la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, exactamente en 1993. Según declaró la UNESCO, Mérida “cuenta con los mejores vestigios de una ciu- dad romana antigua, completos y bien conservados, dentro de la Península Ibérica”.

Situados ya en el entorno, es más fácil entender que ese espacio escénico que acogía la representación de Medea respirara la esencia de los clásicos y la Xirgu se empeñara en poner en pie su idea de lo que era el teatro “... el teatro no creo yo que haya de ser pura y simplemente lo que se entiende por museo. Las bibliotecas conservan los textos originales de las grandes obras, pero su interpretación es exclusivamente nuestra. A los actores nos cabe la satisfacción y la responsabilidad de revivir las obras clásicas”. Y eso es precisamente lo que sucede en Mérida cada verano: dar vida a la Historia.

Esta grandeza arqueológica coadyuvó a sentar las bases para fidelizar la programación

de representaciones grecolatinas, con el forzado y doloroso silencio de la guerra y la posguerra. Desde entonces el Teatro Romano recobró el uso para el que fue concebido. El Teatro Romano no es solo un monumento, dos milenios después de su construcción mantiene viva su función primigenia y es un espacio escénico prestigiado por los gran- des de la escena.

El 18 de junio de 1933, la Xirgu, Borrás, Rivas Cherif y Unamuno fundaron, con la repre- sentación de la Medea de Séneca, el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Desde aquella fecha se han celebrado 59 ediciones, y estamos preparando la programación de una edición especial.

La casualidad, o quizá el destino marcado por los dioses romanos, ha querido que el próximo año confluyan la efeméride del bimilenario de la muerte del fundador de esta urbe, Octavio Augusto, con la celebración de la LX edición. De ahí, que para la cultura de Extremadura sea muy especial el 2014.

Los emeritenses y los extremeños, Mérida y Extremadura, saben que esos pretéritos ci- mientos que sustentan nuestro presente, son los pilares sobre los que construimos el fu- turo. El Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida se ha convertido en un magnífico escaparate desde donde proyectarse. Cada julio y agosto, los ojos se tornan hacia Mérida para descubrir el mejor teatro grecolatino que se pone en escena en el es- pacio coetáneo a los textos que se representan. ‘El príncipe de los monumentos emeri- tenses’, como Menéndez Pidal lo definió, recupera su esplendor. Marco Agripa le regaló a Augusta Emérita ese recinto entre los años 16 y 15 a.C. Dos milenios después el Teatro

Romano, testigo de la historia, sigue cumpliendo su labor original, porque como en un guiño de eternidad, los clásicos son nuestros contemporáneos porque se actualizan cons- tantemente ya que conservan la esencia humana.

El Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida es el emblema de la cultura en Extremadura, un evento que convierte a Mérida en el epicentro teatral en época estival. Pero este certamen con sello emeritense es también una seña de identidad de toda la región. De hecho para entender esta aseveración sólo hay que mencionar que existe desde hace años una extensión del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida en el teatro romano de la antigua ciudad romana de Regina y próximamente también se llevarán a cabo representaciones en el recientemente abierto Teatro Romano de Me- dellín. La riqueza arqueológica que atesora Extremadura, con una tríada de teatros ro- manos rehabilitados para devolverlos al uso para el que fueron creados, convierte a la comunidad extremeña en el referente de la cultura grecolatina. Como vemos, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida se derrama por toda la geografía regional para impregnar la cartografía humana de todos los extremeños y de todos los amantes del teatro.

Con estos mimbres se ha tejido este Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, un evento prestigiado por todos los actores y directores de la escena mundial. Mérida es el epicentro de la esencia grecolatina, porque a la excelencia teatral se une un plus, el entorno urbano.

Decía Baroja que la verdad no se puede exagerar, pues esta es nuestra realidad, desde la que nos proyectamos para presentarnos al exterior como referente cultural y patrimonial en el terreno escénico y grecolatino.

Octavio Augusto fue el diseñador de un nuevo estado, surgido de la República pero diametralmente distinto a ella, en el que se configuraba el nuevo orden del mundo occidental conocido, de los territorios que bañaba el Mediterráneo (el Mare Nostrum romano). Para ello, el nuevo orden requería de una paz total y fue su paz, la Pax Augusta, con la que se zanjó un largo periodo de inestabilidad y guerras civiles. Nadie en el poder, desde la remota y efímera experiencia de Alejandro Magno, había tenido esta idea clara, definida y con aspiraciones a perdurar en el tiempo: articular un aparato provincial administrativo, político, económico y religioso con la metrópoli, Roma, como modelo y principal beneficiaria de un statu quo fruto, principalmente, de conquistas bélicas. Sin embargo, ese modelo llevaba implícita una progresiva cesión de autonomía, principal- mente a los municipios y colonias, para que los ciudadanos, o aquellos que aspiraban a

 

serlo, disfrutaran de los beneficios que reportaba formar parte de la trama augustea.

Octavio, y el Imperio Romano en definitiva, se sustentaron sobre las urbes de las provincias para asentar un modelo político y de ciudad. Muchas de aquellas urbes se erigieron por colonos procedentes de la Península Itálica o de la propia Roma. En la puesta en práctica de sus proyectos urbanos, no hicieron otra cosa que imitar el modelo metropolitano (en muchas ocasiones, fueron ciudades enriquecidas con las peculiaridades propias de tradiciones precedentes de cada zona). Es en ese marco creado por uno de los mayores estadistas de la antigüedad donde surge la ciudad de Mérida, la Colonia Augusta Emerita.

Fue deseo expreso del emperador Augusto que las ciudades fundadas bajo su gobierno dispusieran de un teatro en pro de un nivel cultural conveniente para sus habitantes. El teatro representaba algo más que una de las construcciones públicas dedicadas al ocio, pues, si bien la comedia podía ser un mero entretenimiento para la plebe, las composiciones dramáticas y trágicas de Grecia, poseían un valor ejemplarizante de conducta, muy instructivo para la construcción de la mentalidad romana, sobre todo, por ser moralmente edificante.

Mérida se funda como Colonia romana en el año 25 a.C. con veteranos distinguidos en las Guerras Cántabras, pertenecientes a las legiones V Alaudae y X Gemina, que reciben su recompensa en fértiles tierras cultivables y un solar urbano a orillas del río Anas (Guadiana). La ciudad es impulsada con su nombramiento como capital de la más occi- dental de las provincias, allá en el finis terrarum: la Lusitania, dotada de monumentales obras para mostrar el poder de Roma y el favor del emperador en su política de Concordia con quienes le habían sido contrarios durante la larga guerra civil.

El Teatro de Mérida es de cronología muy temprana (en torno al año 16 a.C. y no parece  una casualidad que fuera una de las primeras obras públicas en ser acabada. Su frente escénico es reflejo del orden establecido, bajo la tutela de los dioses representados me- diante esculturas en el piso superior, se disponen entre las columnas del nivel inferior la imagen del emperador como general en jefe y de su familia. Detrás del teatro, en una zona de jardín público delimitado por pórticos, una estancia sagrada reúne las imágenes de Augusto como sumo sacerdote y a otras figuras solemnemente togadas de la familia imperial. Esculturas e inscripciones en el teatro y en otros edificios públicos los convierten en espacios para la memoria, en recuerdo del emperador benefactor de la Colonia.

Augusto fallece en el año 14 de nuestra era, 39 años después de la fundación de Augusta Emerita. La ciudad, que en su designación dejó patente el vínculo con el emperador, mantendrá sus imágenes, de generación en generación, hasta el siglo V. En lo cotidiano del mundo romano, su recuerdo se proyectará nombrando el mes estival de su muerte. El próximo año habrán transcurrido 2000 agostos desde entonces, pero Mérida perma- nece como ciudad viva que coexiste con su pasado y aún recuerda al primer emperador con dos calles a él dedicadas, un colegio público al que da nombre y dos esculturas de bronce de su persona que se enseñorean en sendas rotondas del viario.

Entre todas las ciudades de Hispania fundadas en tiempos de Augusto, Mérida fue la más importante como refleja su legado monumental. Un patrimonio histórico que desde el siglo XVI al XX fundamenta que la ciudad se conozca como la Nueva Roma, la Segunda Roma, la Pequeña Roma o la Roma de Hispania. El conjunto monumental de Mérida fue reconocido patrimonio mundial por la UNESCO en 1993. De este rico y variado conjunto se considera su monumento más preciado el Teatro romano, “buque insignia” de la ar- queología emeritense que vuelve a la vida con cada edición del festival de teatro clásico.

Las labores de arqueología se han venido realizando en Mérida, de una forma más o menos continuada, desde que hace poco más de un siglo se iniciasen las excavaciones del Teatro Romano. Gracias a aquellos difíciles orígenes –llenos de retos y de ejemplos a seguir- se propició el desarrollo de la actividad arqueológica a lo largo del siglo XX, actividad que los emeritenses aprueban como algo cotidiano y necesario en nuestro tiempo. Un siglo de trabajos otorga una perspectiva para mirar atrás y ser conscientes de los avances experimentados en la recuperación y puesta en valor del patrimonio his- tórico local. En el esfuerzo han participado varias generaciones de arqueólogos, que velaron por la conservación de los monumentos y fueron sacando a la luz un legado que constituye la principal seña de identidad y riqueza de la ciudad.

El Teatro Romano fue el primer monumento en ser excavado y desde entonces se con- virtió en un emblema que representa tanto a la ciudad de Mérida como a Extremadura. Con su restauración llevada a cabo en los años veinte y sesenta, se posibilita devolverle su función original desde 1933. Nace así el Festival de Teatro Clásico, decano de cuantos se celebran en España, epicentro cultural de Extremadura y uno de los iconos artísticos de la marca España en la vecina Portugal, que en el año 2014, coincidiendo con el Bimi- lenario de la muerte de Augusto, celebrará su LX Edición.

 

Tal arquitectura simboliza una profunda raíz cultural que vincula dos etapas históricas de esplendor representadas por la fundación romana de la capital de la Lusitania (ma- nifestada en el Teatro) y el renovado impulso de la ciudad con el nombramiento de ca- pital de la Comunidad Autónoma de Extremadura. Por ello, el teatro es escenario de los actos institucionales del día de Extremadura y de otros eventos de representación. Se concita una imagen del Pasado con el Presente para construir el Futuro.